Boek Visual presenta a Tamara Feijoo en RTV2 “La Aventura del Saber”

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La vida se gasta como se gastan las cosas, y en su devenir desaparecen o conquistan, no se resisten, no permanecen.

A cada paso quebramos las piedras del suelo, dejamos el sutilísimo rastro de nuestras suelas en la tierra. Gastamos los zapatos, gastamos la piel. El tiempo lo envejece todo y nos desvela la pasta de la que estamos hechos.

La artista Tamara Feijoo, nacida en Ourense en 1982, captura el tiempo que fue, la huella; captura el polvo de la memoria, el papel vetusto, amarillo, ajado, quebradizo. Captura la arruga como lo que ya ha vivido, como lo que termina, como lo que queda.

El soporte de toda la obra de Tamara Feijoo es, de un modo u otro, ese papel vencido. Un papel que un día fue blanco recién nacido, que evoca que una vez no tuvo historia. Ahora es un papel rescatado momentáneamente del olvido, mientras estaba desapareciendo, mientras estaba siendo conquistado por la degradación natural, por la humedad, por los insectos, hongos y microorganismos invasores que a su paso lo han coloreado y texturizado.

El papel envejece de forma similar a como envejece nuestra piel. Nos enfrenta a nuestra gran fragilidad, a nuestra finitud inexorable, a lo que nos define. Sobre ese soporte, siempre significativo en la obra de Tamara Feijoo, tal vez papel, tal vez un trampantojo que se siente como papel, tal vez una pintura expandida o una pared deshojada, ocurre a su vez alguna otra conquista congelada en témpera y grafito que enfrenta al hombre a su desaparición ante la implacable invasión de la naturaleza. Todo lo del hombre, en un sentido romántico, será invadido por la naturaleza, destruido y embellecido con su floritura.

La naturaleza se nos muestra ambigua: como amenaza y como comunión, causando miedo y a la vez fascinación. La naturaleza nos fascina porque está hecha de nuestra belleza revelada, y nos da miedo porque encarna nuestra ineludible ruina. Los insectos, las plantas y flores que llenan las obras de Tamara Feijoo de colores vívidos, observados a través del ojo pretérito de la estética naturalista, son rescatados del fondo opresor en que vivían y nos son señalados ahora como mínimos jardines verticales. Y es que todo lo que la naturaleza conquista es bello en cuanto se contempla: desde la vegetación que trepa y se hace paso a través del hormigón, hasta insectos que decoran como flores el follaje, líquenes que crecen como coloridos pompones sobre el ramaje, minúsculos jardines que surgen en el arrabal de las ciudades, entre la acera y el asfalto. Lo verde, lo amarillo y lo marrón surca sin remedio.

Las cosas se gastan como se gasta la vida, y en su devenir dejan una huella que nos recuerda que sólo hay dos formas de sucumbir al tiempo: o la desaparición o la conquista.

Deborah García Bello

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