El Quijote Anarquista o El Quijote de Peralto / Por Josep Sou

 

 

Todavía no se han levantado las vallas que le digan al talento:”De aquí no pasarás”

Ludwig van Beethoven

 

             ¿Por dónde empezar? Dicen algunos mortales que piensan, y dicen y piensan muy bien, que la duda es un claro principio para alcanzar la sabiduría. Algo así como una herramienta para comenzar el proceso de búsqueda a la captura del conocimiento. Pero en nuestro caso, tal vez menos emparentado con la metafísica, tampoco con la ilusión comparativa de las ideas originales de los grandes hacedores del milagro de la inteligencia, se trata de una duda evidente, terca y brutal. Nuestra duda, aunque no ofenda, eso esperamos y deseamos, se manifiesta a través de la torpeza que traslucimos en la dificultad de abordar este gran libro; esta gran obra: El Quijote Anarquista, también, El Quijote de Peralto. Y la duda reside, fundamentalmente, en las carencias que poseemos para desentrañar la complejidad que manifiesta la estructura formal de la edición, o en la pluralidad de matices susceptibles de ser valorados en su justo término. Esta opera magna, no sólo por su dimensión, también por el contenido que abrazan sus cubiertas, es una muestra resumen del esfuerzo, de la voluntad y del talento, Sí, de todo esto y de mucho más. Sin duda. Y aunque con incertidumbres, y con cierta ansiedad por temor a no estar a la altura de tanto merecimiento, nos vamos a adentrar, de la mano de la fantasía, del afecto, y del deseo, en esta singularidad preciosa que es El Quijote Anarquista: “la belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma”, decía nuestro admirado Henrik Ibsen.

Pero para que todo fluya correctamente a partir de una voluntad férrea en el ámbito de la creatividad, son necesarias ciertas premisas, sin las cuales, el camino se tuerce y de desliza por ribazos enormemente peligrosos. El conocimiento sería una de ellas, tal vez la primera. Sin él, todo esfuerzo resulta en vano. Sin un objetivo claro, sin una mirada global hacia las riberas de la empresa, casi siempre se anulan los sentidos. El sentido de la mesura, que orienta el trazado general de la historia, ilustra la proporción mediata de cuanto se persigue. El conocimiento no sólo es deseable, resulta también un bagaje funcional para emprender odiseas ardientes que conduzcan a límites inimaginables.  El esfuerzo podría ser, de hecho lo es, un componente básico a través del cual se muestra la lucidez. Nada se produce, o se sucede, desde la melancolía de la indiferencia. Hay que poner los huesos de punta, nos dirían nuestras madres antes de un examen de bachillerato. Y tenían razón. Con esfuerzo, y con el conocimiento ya aludido, no existe Ítaca lejana. Los obstáculos sucumben ante la guerra de los espíritus combativos: “El éxito fue siempre un hijo de la audacia”, nos susurra P. J. De Crébillon. Y Paco Peralto, tan generoso y valiente, maneja el timón de la barcaza con mano firme, y con toda suerte de sabio instrumental para realizar la mejor de las navegaciones. Paco Peralto es valiente. Muy valiente. O tal vez, incluso, osado. Y lo debo decir como lo siento. Y de su compromiso con la causa de la literatura, o de la edición, o de la creatividad plástica, emergen palabras, tan hermosas como delatoras, que demuestran su vocación incontestable: “gracias Dios mío por permitir que a mis 73 años pueda seguir trabajando”, nos dice, él mismo, de forma disimulada, en alguna de las páginas de su enorme obra. Vocación y dureza, como el pedernal, para atrapar los mejores contenidos, y las palabras más huidizas del éter, para salmodiar con lucidez y exactitud la enjundia que anida en lo más hondo de su alma. Paco Peralto es, por encima de cualquiera otra condición, un poeta.

Así que podemos decir, ya sin temor a equivocarnos demasiado, que Paco Peralto es amigo de los sueños: “La existencia sería intolerable si no hubiera sueños”, nos acerca Anatole France sin rodeos. Así, aseguramos, que Paco Peralto se cobija en los sueños, en el desván de su memoria y en la actitud despierta que los inspira. Y esos sueños, tan mágicos, nos sirven a todos nosotros para descubrir que existen otras muchas formas de decir la verdad, de acariciar la belleza, de aproximarse al tuétano de los asuntos de la vida. La vida. Materia primera de nuestra existencia que recorre, palmo a palmo, cada uno de los rincones ignotos de nuestra esperanza. La palabra, pero también las imágenes, segregan ese licor maravilloso que nos inscribe en la felicidad no programada de antemano. Como un misterio, gota a gota, nos quitan la sed, y refuerzan nuestro ánimo para continuar ese camino lleno de polvo, pero también de rocío mañanero, que es la vida. Sí. La vida.

Y los sueños se enhebran, uno a uno, para concluir en ilustre fardo existencial. Todos son primeros, todos son ejemplares, porque son nuestros sueños, inseparables de nosotros mismos. Y los queremos, y los blandimos como sólo se alza una espada ganadora. No podríamos existir sin nuestros mejores aliados, los sueños. Son, por así decirlo, nuestra mejor pareja de baile. Tanto por el día como por las noches. Tumbados, en plena vigilia, encima de la cama todavía sin abrir. Regalados por el confort de su aroma caudalosa y bienaventurados por sabernos poseedores de la gracia del pellizco vital que suponen. Pero un sueño bendito, tanto para él mismo como para nosotros, es el sueño de los libros. Sí. Un sí enorme. Los libros…benditos sean, ahora y siempre! Tocar con la punta de los dedos sus opérculos, acariciar con la mirada la carne de sus hojas, gustar con el olfato la prontitud de sus mensajes eternos, conciernen nuestro hecho singular de humanidad. Nuestra Materia de Bretaña particular. Y Paco Peralto sueña libros, y los identifica en los horizontes tempranos de la noche, y los catapulta hacia la claridad del día, para entablar, ese diálogo de enamorados que resume buena parte de su afortunada existencia. Amorosa, con un caudal sincero de ternuras y de complicidades: “el libro es fuerza, es valor/es poder, es alimento;/antorcha del pensamiento,/y manantial del amor.”, con tanto tino nos refuerza Rubén Darío. No podríamos encontrar palabras tan certeras para aquello que pensamos es el encuentro capital de Paco Peralto con los libros. Y es un regalo y una enorme suerte para tantos y tantos, que desde los márgenes de su laboratorio aprovechamos el aura que se desprende e incorpora. Y se me acontece decir gracias. Pero unas gracias con mayúsculas, unas gracias bien dichas. Y lo expreso sin rubor de enamorado, aunque lo esté del gran trabajo que desde Corona del Sur se viene realizando para el bien de los más. Tal vez un elixir la tinta que embriaga, en suspensión, la atmósfera callada del obrador de los Peralto. Una especie de maná insaciable que se viene perpetuando, ya, desde hace, por lo menos, cincuenta años. Y decimos, y nos repetimos, gracias. Muchas y sentidas gracias: “sólo un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de gratitud”, dirá, con cuánta razón, Jean de La Bruyère. Y nos sumamos a esta máxima para poner de manifiesto que hoy, como ayer, seguimos vinculados, por el afecto, con Paco Peralto, y con todo lo que significa su obra, así como con su familia entrañable. Por las buenas y sin más.

¿Podríamos hablar ahora de inspiración? Hay que tener en cuenta que para concebir y llevar a buen puerto una obra como El Quijote Anarquista, se requiere, no sólo la destreza necesaria, también unas fuertes dosis de inspiración: “la inspiración es trabajar todos los días”, asegura Baudelaire. ¿ Y por qué? Pues porque El Quijote Anarquista es una auténtica obra de arte. Una joya que habrá de convivir con aquellas otras que ya hicieron justicia, en otro tiempo, al Hidalgo Caballero. No significa una dramática competencia, se trata de decir, fuerte y alto, que una nueva obra sobre nuestro soñador preferido, Don Quijote, ha venido a este mundo para poner en valor el lenguaje de nuestro tiempo, el lenguaje del siglo XXI. Y esto es, como poco, bastante. Es, ha sido, la asunción de un riesgo infinito. Ha sido saltar, desde el trampolín circense, al vacío sustentado, nada más, pero también nada menos, que por un sueño. Tal vez el sueño de regalarnos esta mayúscula obra de enamorados: El Quijote Anarquista, porque: “el amor es el arquitecto del universo”, como bien dice Hesiodo.

No obstante, y aunque ya apuntado en otro lugar de nuestro modesto escrito, existe una fuerza motriz que impulsa todo este trabajo inmenso. Y esa fuerza valedora de estos resultados que hoy podemos contemplar con gozo y júbilo compartidos, tiene un nombre: belleza. Esa es su gracia. Abrazar el grueso volumen, repasar una y otra vez sus páginas, para entablar diálogos con todos los que allá dentro habitan, es una alegría. Es un consuelo. Es una ternura que nos devuelve el misterio elemental de la infancia: sabernos acompañados; “triste puedo estar solo; para estar alegre necesito compañía”, manifestamos, como lo haría Elbert Hubbard. Y también nos provoca alegria, a veces incluso entusiasmo. Reconocemos las voces de Isabel Jover, de Cesar Reglero, de Paco Pérez Belda, de M. Calvarro, de A. Orihuela, de A. Monterroso…de tantos amigos que alientan, desde estas páginas, la suerte creativa del decir poético-plástico. Un murmullo, entre las hojas del almanaque ruidoso de los tiempos, salta de voz en voz, y nos dice, y nos cuenta, y nos enseña, para que aprendamos de él la tesitura de la canción poética. Una suerte, una gran suerte. Más y más regalos que, hoy, como siempre, estamos dispuestos a recibir, revestidos con los hábitos sencillos de la humildad: “querer, querer siempre, querer con todas nuestras fuerzas”, nos empuja a decir el bueno de Vittorio Alfieri. Sí. Hay que querer, y si ello es posible, sin desmayos. Sin claudicaciones, porque, tal vez, el amor sí sea para siempre, como lo es el corazón.

Y para amar, para querer de veras, se ha de ser libre. Y Paco Peralto lo es. Don Quijote lo fue. Ambos lo han sido, y Paco Peralto todavía lo seguirá siendo. Claro que sí. Una libertad que se encarna en la posibilidad de dedicar buena parta de su precioso tiempo, (somos, sobre todo, tiempo), al complejo mundo de la construcción de libros. Arquitecto minucioso que conoce, muy bien, hasta con exactitud diríamos, la resistencia de los materiales con los cuales trabaja, edifica y alberga. Cobija almas sensibles que gozan de la beatitud de los edificios que confirman los espacios, tal vez barrios, de la cultura libre: “la cultura es una cosa y el barniz otra”, invoca R. W. Emerson. Y claro que existe esa clara diferencia entre el meollo de las cosas y su apariencia externa. Demasiadas veces las luces brillan con exceso, y los oropeles cuelgan ridículos entre las columnas de palacio. Será suficiente con rascar, un poco nada más, por encima de las propuestas, para saber hasta dónde se pretende llegar con la farsa o con el engaño. Don Quijote, lanza en ristre, sin saberlo, se abalanzó contra el simulacro de monstruos acechantes. La realidad era bien otra, simples molinos, y aventados por una brisa calma, sin prisas…como se trabaja en el obrador de Paco Peralto, sin prisas, con mucho mimo, con la suavidad de un atardecer estival: “la paciencia es amarga, pero su fruto es dulce”, no duda en proclamar J. J. Rousseau.

También, en otro punto de nuestro comentario sobre la obra El Quijote Anarquista de Paco Peralto, hemos hecho mención del valor que posee la esperanza en todo aquello que concierne a la creatividad poética, y por supuesto a la plástica. Y decimos esperanza porque nada se puede dar por conquistado, nada es definitivo, nada se expande con gratuidad, nada se convierte en oro sin más, por las buenas. Se requieren por tanto, grandes cantidades de esperanza para empujar el lento y pesado vehículo del trabajo creativo, por si la fortuna sonríe, aunque sea levemente, y la obra levanta el vuelo de la comunicación suficiente. Se necesita de la esperanza como alimento, como fuerza nutricia que alimente nuestro esfuerzo y nuestro compromiso. El Quijote Anarquista, tanto como Paco Peralto, se nutren de la esperanza. Necesitan la esperanza que acompañe tanto sueño, tanto trabajo, tantas horas en el obrador aromando tintas, acariciando tipos, eligiendo entre esto o aquello, quemándose las pestañas en el neón de los sufragios. Viviendo al fin. Amando siempre. Y por tanto, y por todo, gracias. Muchas gracias.

Copiamos ahora a Carlomagno: “la esperanza es el sueño de los que están despiertos.”

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