Josep Maria Rosselló deconstruye cinco obras en su proyecto Creació-Destrucció. Teoria de un procés

Poema pictórico de trazo épico con reminiscencias que abarcan de Ovidio a Kafka y génesis de resonancias deslumbrantes. Basándose en la ley de la conservación de la energía y mutando sus principios, Josep Maria Rosselló sorprende por enésima vez bajo el axioma de que al arte ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Lo hace a golpe de tijera. Durante diez días recortará en minúsculos retazos tres telas monumentales, creadas a principios de los ochenta para el espectáculo La pascua flamenca, dentro del marco del Festivale della Pasqua romano. Las pinturas, realizadas en directo durante las cuatro representaciones que duró la obra, nacían condenadas precisamente por su gigantismo. Antes, en plena Movida, Rosselló había ensayado hasta la extenuación en su taller de la calle General Arrando de Madrid. El resultado, «un Cristo laico resucitado», o Cristo Gitano para Enrique Morente, clavado en la tierra, «como asesinado por el cielo», que sentenció Lorca, a fuerza de pincelada expresionista y velado por la estela de una procesión surrealista de capirotes solitarios. Las piezas desaparecieron entre sombras de almacén, enroscadas como gusanos de tela durante más de dos décadas.
Las recuperó el pintor en 2005, cuando fueron expuestas en el Port e inmortalizadas por Pep Escoda, que dejó así huella gráfica, lo que dio pie a una muestra en el Museu d’Art Modern de la Diputació de Tarragona (MAMT), bajo el título: La memòria del efímer. Ahora, Rosselló se propone «destruir» tres de las cuatro telas, junto a otras dos, Nocturno y Venus de Montera, ideadas en Madrid, en 1986, para el exitoso proyecto El arte en la calle, en el que participó animosamente el mismísimo Dalí de los últimos días, dejando sobrevivir intacta únicamente la primera, «la mejor conservada», que reposa en las arcas del MAMT. Durante la inauguración, Rosselló asciende los peldaños de una escalera de tijera en el Tinglado 1.
Pronuncia versos comprometidos de Passolini bajo el atento influjo de la ondulante Venus Mediterrània, un trabajo realizado en 2004 en compañía de sus amigos Bartolozzi y Royo, que inunda de fertilidad el desarrollo de la trama. En la sala inmensa hay un dolor de huecos por el aire sin gente, que describió Lorca en su inabarcable Poeta en Nueva York. El artista ha soñado la metamorfosis de sus pinturas-crisálidas. Rosselló imagina la resurrección troceada de las telas ingrávidas como cromáticas mariposas embalsamadas, en una maravillosa metáfora que esboza la plasticidad inherente a todo ciclo orgánico. La obra de arte cobra vida, devorada por una muerte insaciable que es a su vez generadora y creativa.
A medida que cedan su espacio las telas, tres jóvenes talentos, seleccionados por el Centre d’Art, recibirán la alternativa de la pared en blanco. Rosselló apuesta otra vez por el relevo y eso que «apenas noto que hayan pasado tantos años». Una luz de ayer tiñe por momentos la estancia. Y Lorca, eterno Lorca, merodeando omnipresente el horizonte creativo de un pincel de lírica brillante. No pueden perdérselo, pocas veces el arte contiene tanto arte.   Fuente: http://www.diaridetarragona.com/blog-post.php?id=68&id_post=911